Leo Messi en su impetud

La ida de la semifinal copera fue uno de esos partidos difíciles que el FC Barcelona sabe jugar y superar en las temporadas en las que termina cosechando éxitos. Su rival, el Valencia CF de Marcelino, es de por sí un equipo equilibrado y con recursos que, además, estuvo bien preparado por su entrenador, quien trazó un planteamiento que restó fluidez y peligro al conjunto azulgrana. Durante la mayor parte de los minutos, hasta puede decirse que el Barça resultó inofensivo. Pero el peaje fue duro: los chés no podían ganar. No había manera.
El gran mérito del Valencia consistió en eso, en reducir el potencial atacante de Messi y los suyos. Lo hizo renunciando a la posesión del balón, no perdiendo ni la calma ni la concentración ante el sometimiento táctico y defendiendo muy bien la conexión Messi-Alba-Messi: dificultaba el pase del argentino al lateral izquierdo y, luego, cuando Alba recibía y conducía con la
Compra en nuestra tienda online botas de fútbol, equipaciones oficiales. intención de atraer marcas, girar zagueros hacia él y entonces soltarla atrás, el trabajo de los defensas y los pivotes de Marcelino fue notable, orientándose de tal modo que no perdieran de vista a Leo y en disposición de salir al quite y cortar el pase sin la necesidad de ningún giro brusco que restara margen de reacción. A pesar de que estuvieron expuestos a esta jugada casi durante los dos periodos enteros, no la sufrieron prácticamente nunca. Claro que depositar tanto foco sobre una fase de su juego hizo que se olvidara de las demás y no atacase apenas, aunque Parejo intentase mostrar aplomo y Vietto, arriba, luciera cierta chispa de la que enamoró en el viejo Madrigal.
El aplastamiento al que se alude es consecuencia de dos corrientes, y por eso resulta tan poderoso. Por un lado, el rival debe invertir tal cantidad de hombres, trabajo y concentración que acaba regalando metros por no poder salir tras el robo; por el otro, el propio Barça lo alimenta con la salvaje presión que está ejerciendo. Anoche, con Iniesta más abierto y aliviando desde la izquierda, Busquets pudo situarse más arriba si cabe cortándole al Valencia CF todas sus alas.
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Y la consecuencia tangible de un partido unidireccional en favor del Barcelona estriba en que Messi puede tocar la pelota muchas veces en zonas en las que le conviene. Y a menudo, además, en segundas jugadas; tras robos adelantados de sus compañeros. Y eso, para el colectivo de Ernesto Valverde, supone una victoria casi garantizada.
Que el baricentro del juego se establezca en las inmediaciones del área rival no sólo dota al fútbol de Messi de una continuidad decisiva, sino que también extirpa desde su raíz el gran debate que le ha acompañado en los últimos cinco años: “¿abajo creando o arriba definiendo?”. Messi no está teniendo que bajar a recoger el balón -con el desgaste que ello implicaba tanto para su físico como para el peligro potencial de sus acciones- simple y llanamente porque el Barça no está abajo nunca. Y de esta forma, Valverde ha dado la mejor respuesta posible a la pregunta más importante que parecía estar destinado a responder. Messi es la mejor ayuda, pero de nuevo, a él también le están ayudando. De ahí que al equipo se le haya puesto rostro de favorito a todo. Entre otras muchas cosas.

Preparando para la llegada

Cuando comenzó la temporada, el Sevilla de Eduardo Berizzo manejaba una plantilla realmente ilusionante. Línea por línea, su nómina de futbolistas sumaba calidad, tanto potencial como real. Real porque estaba contrastada; sus jugadores habían rendido de manera incondicional en diferentes contextos. Y potencial porque ofrecía múltiples posibilidades para abarcar diferentes ideas y momentos del juego. Era, y es, un plantel completísimo que se definía por lo más básico, la mencionada calidad de la misma. Pero Berizzo no logró conectar a sus futbolistas con la idea, algo que parece haber conseguido un Vincenzo Montella que afronta la segunda mitad de la temporada con una guinda llamada Roque.
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La temporada sevillista arrancó con la previa ante el Instanbul Basaksehir. En aquella primera toma de contacto, ya desde el encuentro de ida, el mediocampo formado por Pizarro, Banega y Nzonzi, titular aquella noche, anticipó un rapídisimo acomodo que no tuvo continuidad. La fórmula parecía grácil y potente, se sentía feeling y complementariedad en cada rol, dibujando un escenario muy interesante para la nueva aventura del ‘Toto’. El caso es que aquello no cuajó y el mediocampo se fue configurando de otra manera. La parcela del campo a priori más importante del proyecto, la que ocupa el jugador con mayor capacidad para crear identidad como es Éver Banega, se quedó huérfana de plan. Conectando ambos momentos, agosto y enero, la ecuación está muy cerca de resolverse. Se ha encontrado la manera, y Mesa viene a potenciarla.
Desde que ganara en el Metropolitano -apenas días después de su derrota en el derbi sevillano-, el Sevilla ha conectado con la mente de una plantilla que, como se introducía, vive de la calidad. De las posibilidades de hacer y crear al ritmo que desee, al pie o al espacio, atrás y adelante. De manera puntual o de manera dominante. Montella simplificó sus momentos defensivos, separó de primeras la fase del balón con la del repliegue y desde ahí activó la calidad para marcar diferencias y con ello crecer y hacer crecer otras que aumentaran su techo como equipo. Los futbolistas han entendido lo que deben hacer, han ganado confianza y ahora ya entienden lo mucho que saben hacer.
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Cada decisión del técnico italiano ha tenido un significado muy característico, que ha llevado a su equipo a poder relacionarse bien, con la coherencia adecuadas para crear espacios o aprovecharlos desde atrás. Muriel, una referencia móvil y generosa, Correa y Sarabia, más delanteros que extremos, y Mudo Vázquez como nexo y pausa que mantiene la altura, que activa desmarques, han ofrecido un contexto idílico para que sus centrocampistas, Nzonzi y Banega, verdaderos jerarcas, encuentren tiempo y espacio para ordenar y desordenar. Todos pueden relacionarse sin entorpecerse. Hay plan. Y es de ritmo alto, una característica que conecta y ha conectado siempre de fábula con la grada del Sánchez Pizjuán.
La llegada de Roque Mesa lo hace en el momento idílico para sumar. El contexto está creado y las piezas activadas. El Sevilla ha cerrado la primera gran pregunta y quiere abrir la segunda para elevar su potencial, esa que lleva a pensar qué supondrá, a nivel táctico y rítmico la llegada de Mesa.

Un Buen Central

Marc Bartra ha llegado al Betis de Quique Setién para hacer sistema con balón y sostenerlo sin él. Porque su perfil como central no sólo encaja con el modelo de juego de su nuevo entrenador, que lo hace con total naturalidad, sino que además puede ayudarle a dibujar una realidad más sostenible, equilibrada y, por ende, competitiva.
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En su llegada a la Sevilla bética, Setién ha tenido que lidiar con un problema muy evidente: el primer pase. Esta cuestión ha quedado siempre muy bien escenificada en la figura de su mediocentro, Javi García. El ex de Benfica, Zenit o ManCity es un muy buen futbolista. Pero ni tiene la calidad técnica necesaria en una idea tan exigente ni, sobre todo, tiene la velocidad gestual para acometer los retos que le van a plantear los rivales. Recientemente, en Balaídos, Javi García trató de salir de la presión de Nemanja Radoja con un control orientado que le permitiera girarse y, de paso, girar al contrario. Pero ni el primer toque fue preciso ni su cuerpo se movió al ritmo necesario. Y el gol de Aspas tardó sólo dos segundos en llegar.
Sin un futbolista como Roque Mesa o como Lobotka dirigiendo las operaciones, superar las magníficas presiones que plantean los equipos de La Liga le es demasiado complicado a este Betis. La posición escorada de Fabián Ruiz ha ayudado a aligerar ciertos procesos, haciendo más ancho el campo y trazando una línea de pase más simple, pero no siempre es suficiente. Se necesita más.
Y es aquí donde Bartra entra en juego. El catalán tiene calidad para pasar, lanzar o conducir y domina todos los conceptos asociados a estas cuestiones: encontrar al hombre libre, crear líneas de pase, atraer para soltar, dividir atenciones… Sus pases construyen sistema, resuelven retos y se cobran riesgos mal medidos. Es decir, pura escuela Barça. Por eso su presencia debe reconfigurar el circuito de salida del conjunto bético, aliviando así la carga que viene “padeciendo” Javi García y, quizás, matizando la idea de juego que se viene ejecutando. Sobre todo porque, además de lo que haga con balón, Marc Bartra trae consigo la posibilidad de anticipar constantemente a muchos metros y de, por supuesto, corregir situaciones límite a campo abierto, con lo que ello supone a la hora de tomar decisiones, manejar alturas y cerrar posiciones.
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Tras una experiencia en Dortmund que parece más positiva en el fondo que en la forma, Marc Bartra puede estar ante su momento de ofrecer el mejor nivel de su carrera. Continuidad va a tener, responsabilidad también. A sus 27 años ha llegado a un club que está deseando corresponderle. Pero el primer pase debe ser suyo.
Avi García me encaja más de central que de mediocentro en esta idea (al estilo Javi Martinez en el Bayern de Pep). De hecho, ahora con la lesión de Feddal lo suyo sería traer a un mediocentro. Y si no, Andrés Guardado podría hacer esa labor perfectamente. Por cierto, igual pedir la cesión de Rubén Pardo otra vez tiene más sentido con Quique Setién

La inteligencia

Futbolistas con la calidad técnica y la capacidad física de Manu García hay a patadas en nuestro fútbol. No sólo en Primera División o incluso en Segunda, sino también en esa compleja Segunda B de la que es tan difícil escapar para muchas ciudades, clubes, técnicos y jugadores. Y esto el primero que lo sabe es el propio Manu García.
Antes de llegar a Vitoria, su carrera había transcurrido sin altos ni bajos. Misma categoría y mismo grupo para un futbolista que se había formado en Zubieta y que luego pasaría por Irún, Eibar y Logroño. Pero en Mendizorroza todo cambió. Y lo hizo a lo grande. Llegó al Alavés con 26 años, se hizo un hueco de inmediato con Natxo González, ascendió en su primera temporada, se consolidó en Segunda sin problemas, fue clave con Bordalás desde el primer día y, gracias a otro ascenso como campeón, debutó en Primera División con 30 años marcando en el minuto 89 el gol del empate en el Calderón ante todo un vigente finalista de la Champions League.
Y todo esto lo hizo siendo el mismo jugador que era en Segunda B.
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Pero en el nivel de un futbolista no sólo influye lo más evidente, lo más apreciable. Más allá de la calidad técnica y la capacidad física está la virtud que articula, potencia o limita el resto de condiciones, la inteligencia. Porque comprender el juego, hoy en día, también marca muchas diferencias. Y el caso de Manu es uno evidente.
De estos futbolistas a menudo se suele decir que son una extensión del entrenador sobre el campo, pero a menudo son más que eso, que un anexo. Porque en el fútbol todo cambia en cada jugada y en cada segundo. Hay patrones, estructuras y sistemas, desde luego, pero todos ellos son dirigidos por personas que, además, no utilizan las manos para ello, sino los pies, lo cual convierte este juego en un deporte maravilloso. Y es ahí donde el talento para interpretar lo que está pasando ofrece una ventaja competitiva a ciertos jugadores. Manu es uno de ellos. Y el Alavés se aprovecha constantemente de esto. Su capacidad para acosar rivales, eligiendo cuándo y cómo presionar, le está permitiendo al Pitu Abelardo frenar la mayoría de secuencias ofensivas rivales incluso antes de que su defensa tenga que intervenir. Su talento para el pase sencillo, útil y práctico desahoga constantemente a un equipo que quiere atacar rápido pero que no se puede permitir ciertas pérdidas, como nos contaban Borja de Matías y Jon Zubillaga recientemente en Cáprica. Y, por último, su condición de llegador, detectando siempre qué espacio vacío atacar y en qué momento justo hacerlo, añade una variante ofensiva más a un Deportivo Alavés al que goles nunca le sobran.
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Manu García es eso, un futbolista que intuye, piensa y decide para beneficio constante de los que sí pueden brillar desde un registro más técnico o físico. Es, en definitiva, el Alavés de Natxo González, de Pepe Bordalás, de Maurizio Pellegrino y del Pitu Abelardo.